¡Hola de nuevo! Después de presentar la Academia en la primera entrada, ahora quiero mostraros algunas de las cosillas que visité por la ciudad.
Empezamos por la Galería de la Academia, que alberga la famosísima escultural del David esculpida por Miguel Ángel. La Galería se funda en 1784 como parte de la Academia de Bellas Artes, es decir, formaba parte del centro educativo y estaba diseñada para favorecer el aprendizaje del alumnado. Esto es algo común en otras Academias de Italia, de hecho, hace un par de años tuve la oportunidad de visitar la de Nápoles gracias al programa Erasmus. No obstante, esta galería fue adquiriendo mayor importancia como institución museística y fue en 1882 cuando se consolidó como un museo independiente, centrado en la exhibición de obras de arte al público en general. Un hito significativo en este proceso fue el traslado del David de Miguel Ángel a la galería en 1873, lo que consolidó su reputación como museo. Es una pena que este espacio ya no forme parte de la educación pública italiana y no esté a completa disposición del alumnado como sí sigue ocurriendo en otras ciudades del país.
Además de visitar el David de Miguel Ángel, me pareció interesante observar otras esculturas inacabadas del mismo autor, donde nos muestran los procesos creativos y técnicas empleadas. Impresiona ver de cerca cómo van saliendo las esculturas de un bloque compacto de mármol.



Otra visita curiosa y quizás menos conocida es la de la Basílica de Santa Croce, ubicada en el pintoresco barrio homónimo. Ya desde fuera, impone su fachada de mármol blanco y verde, pero lo más increíble está dentro: no solo es una iglesia, es como un museo de la historia italiana. Aquí descansan personajes como Miguel Ángel, Galileo, Maquiavelo o Rossini. Caminar por sus pasillos es como hacer un recorrido por siglos de arte, ciencia y cultura. Las capillas laterales están llenas de frescos de Giotto, y en general el lugar tiene un ambiente que nuevamente te recuerda que estás en el corazón del Renacimiento.


Una de mis cosas favoritas es perderme por sus calles e ir descubriendo nuevas plazas llenas de esculturas, puentes, miradores y espacios culturales. Entre ellos me sorprendió el cine Giunti Odeon, construido sobre un antiguo palacio del que conserva su interior, y que se ha convertido actualmente en una librería-cine abierta a todo el público, acogiendo eventos culturales y literarios.


Pasamos por el Ponte Vecchio, uno de los lugares más icónicos y fotografiados de Florencia. Lo más curioso es que, sobre esas tiendecitas, pasa casi desapercibido el Corredor Vasariano, una pasarela elevada que conecta el Palazzo Vecchio con el Palazzo Pitti, cruzando también por la Galería de los Uffizi. Fue construido en el siglo XVI por orden de Cosimo I de’ Medici para que la familia ducal pudiera moverse entre sus residencias sin mezclarse con el pueblo. Saber que está ahí le da al puente un aire aún más mágico y misterioso.


Y, por supuesto, no podía faltar subir a la Plaza Michelangelo, donde encuentras un mirador con vistas a toda la ciudad de Florencia: el Duomo, el Ponte Vecchio, el Arno entre tejados rojizos… todo bañado por la luz dorada del atardecer. Recomiendo subir en autobús y bajar caminando por las escaleras que descienden hasta el río: un paseo precioso en el que las vistas de la ciudad te acompañan todo el tiempo.

