Ir a Florencia es adentrarse de lleno en la Historia del Arte. Llegué el domingo por la tarde en tren, donde te recibe la Basílica de Santa María Novella con una fachada diseñada por Leon Battista Alberti, que consiguió integrar los principios del Renacimiento en una iglesia gótica, algo que en su tiempo fue toda una revolución, convirtiéndose en un claro ejemplo del Quattrocento italiano.
Nada más llegar, me acerqué a la plaza del Duomo. Era mi segunda vez en Florencia (después de 10 años), pero la imponencia de la catedral, su cúpula y el campanario, hacen que se sienta como la primera vez. No es de extrañar que el síndrome de Stendhal naciera en esta ciudad.


Llega el lunes y comenzamos la visita a la Accademia di Belle Arti, cuyos orígenes se remontan a 1339, cuando se crean las primeras organizaciones corporativas de los oficios de la ciudad. Éste fue el germen de la Accademia del Disegno establecida en 1563 por Giorgio Vasari bajo el patrocinio de Cosimo I de’ Medici, quien junto a Miguel Ángel fue nombrado director. Era una institución pionera en combinar arte y ciencia, que acogió a Galileo Galilei, entre otros, como alumno. En 1784, se refundó como un instituto público y gratuito con sede en el antiguo Hospital de San Mateo, orientado a formar «artistas excelentes» según los ideales neoclásicos. Durante los siglos XIX y XX, convivieron en ella tanto defensores de la tradición como renovadores y tras varias reformas, especialmente la de 1999 que la integró en el sistema universitario, la Academia sigue siendo hoy un centro de referencia internacional para la formación artística.
Aunque el edificio sobre el que se erige la actual Accademia haya tenido diversos usos a lo largo del tiempo, en su interior aún se conserva la esencia y las huellas de su pasado: suelos de piedra originales, las arcadas del patio y las capillas que formaban parte del antiguo hospital. Esta manera de preservar la historia de los edificios es una característica muy habitual que se percibe en cada rincón de Florencia.



El interior de la academia es un laberinto de aulas, jardines, pasillos y escaleras que van conectando diferentes recovecos, todos ellos llenos de esculturas, pinturas y trabajos del alumnado expuestos de una forma viva y dinámica. Nos sorprendió la cantidad de esculturas que podías encontrar en cada pasillo, cada aula y cada espacio exterior. Nos contaban que algunas de ellas eran hechas por antiguos alumnos, otras las adquiría la academia y muchas más donaciones cuyo autor, en numerosos casos, se desconoce. Quién sabe, quizás entre esas obras haya alguna escultura del mismísimo Miguel Ángel escondida por las clases…
Uno de mis rincones favoritos eran las terrazas algo escondidas en la parte alta del edificio. Allí, con vistas a la cúpula del Duomo, los estudiantes sacaban los caballetes para pintar al aire libre o trabajaban en sus esculturas.





Por último visitamos el archivo histórico, con documentos sobre la Accademia que datan desde el siglo XVIII. Daniel, el responsable del archivo, nos estuvo respondiendo todas las dudas y nos enseñó el interior de algunos de los documentos. Antiguamente en la Accademia se impartía la carrera de Arquitectura (como se puede ver en la placa de la fachada), hasta que la desplazaron a la universidad; y también estudiaban música, ofreciendo una formación artística más diversa. Parece ser que algunos de estos documentos los están empezando a digitalizar, ya que sería una pena que se perdieran.



Quería acabar esta entrada destacando la amabilidad del personal de la Accademia, especialmente de nuestra guía, Adaua, profesora de inglés que nos acompañó durante esa semana.

